La barra brava en el colectivo

La barra brava en el colectivo
Esa tarde había ido con mi amiga Juliana a visitar a otra amiga en común; que vivía en un barrio que nos quedaba un poco a trasmano y, además, era un lugar algo peligroso. Por ello, habíamos decidido dejar el auto en casa y viajar en colectivo.

Después de pasarlo muy bien, nos despedimos de nuestra amiga y regresamos a la parada a esperar el colectivo. Por ser domingo, vimos que vino bastante vacío, pero más adelante, se fue llenando. Por eso Juliana y yo empezamos a corrernos hacia el fondo, empujadas de a poco por la marea humana.

Un poco más adelante subieron unos siete hombres que parecían pertenecer a una barra brava de fútbol. Bastante melenudos, mal vestidos, con olor a sudor y a tabaco rancio o algo peor… Además eran tipos rudos.

Pronto llegaron a nuestro lado y nos rodearon, comenzando a decirnos toda clase de groserías. Enseguida lograron que Juliana y yo nos separáramos en medio de la gente. El resto de los pasajeros no intervenía para nada…

De repente uno de ellos se acercó más y me susurró al oído:
“Te dejaron solita, bebé…?”

Lo miré de reojo, pero no le contesté.
Sus amigos se rieron mientras hacían más escándalo. El resto de la gente parecía seguir indiferente, aunque con algo de incomodidad por la presencia de estos tipos tan desagradables.

De repente uno de ellos dijo en voz suave, junto a mí:
“Esta vez me toca a mí primero… ya saben…”

Yo escuché eso y me puse algo nerviosa; ya que había forma de moverse.
De pronto los siete se fueron posicionando a mi alrededor, algo que me asustó, pensando que me iban a robar.

Pero entonces uno de ellos me tomó por la cintura y me dijo al oído:
“Tranquila y bien callada, nena… así vas a llegar bien a tu casa…”
Me puse pálida y mis piernas empezaron a temblar y más aún cuando otro de los que estaba frente a mí me mostró una filosa navaja abierta.

Luego sentí que el que me tenía por la cintura bajó su mano hasta acariciar mi cola y con la otra me tapó la boca. Yo cerré los ojos y empecé a sollozar despacio, mientras mi cuerpo temblaba sin control.

El tipo dejó de apoyarme en la cola y empezó a levantar mi falda para acariciar mis nalgas, apenas cubiertas por un pequeña tanga de algodón.
El muy grosero les comentó a sus amigos:
“No se imaginan el lindo culo bien duro y la tanguita que tiene…”

Me susurró al oído que abriera mis piernas. Le obedecí; pensando que sería todavía peor si me negaba.

Comenzó a frotarme los labios vaginales a través de la tela de mi tanga; logrando que me mojara en apenas segundos. Luego la corrió a un costado y hundió uno de sus dedos bien profundo; haciéndome sobresaltar y gemir.

Al notar que estaba bastante lubricada, se animó a meter otro dedo.
Enseguida soltó mi boca y sentí que se apartaba un poco para abrir la bragueta de sus pantalones. Me obligó a agacharme un poco y pude sentir que apoyaba la cabeza de su verga sobre mis labios vaginales.
La frotó un poco y eso me hizo mojar mucho más en medio de mi angustia.

Luego me aferró bien por mi cintura y comenzó a empujar despacio.
Me la mandó hasta el fondo, provocando que pegara un agudo chillido de dolor; aunque fue apagado por el murmullo de la gente y el zumbido del motor.

“Tiene una concha caliente y muy mojada la turra…”
Les comentó a sus amigos, que rieron a carcajadas.

Sentí cómo me empezaba a bombear más duro, metiendo y sacando.
Yo lloriqueaba de bronca e impotencia, mientras los demás cómplices tapaban la escena usando sus banderas y trapos. Sentía que con cada embestida me abría más mi estrecha concha.

No podía ver qué había sucedido con Juliana pero, como esos hombres estaban todos a mi alrededor, imaginé que mi amiga estaba a salvo… por ahora…

El tipo luego subió una de sus manos por debajo de mi blusa y me acarició las tetas, sintiendo que mis peones estaban durísimos por la excitación. Mi mente quería negar todo eso que me estaba sucediendo; pero mi cuerpo me estaba traicionando cada vez peor…

El tipo empezó a gemir de placer; sin dejar de decirme groserías al oído.

Mientras aceleraba cada vez más sus embestidas, yo sentía que él no tenía nada de compasión conmigo, así que le supliqué que, por lo menos, no acabara dentro de mi concha.
Pero el hijo de puta se rió y aceleró sus embates, cada vez más violentos.

De repente me apretó con más fuerza mis maltratadas tetas y, mientras tironeaba de mis pezones, sacó su pija de mi cuerpo. Entonces sentí el calor de su semen derramándose sobre mis nalgas y mi tanga.

Me tomó por el cuello y me dijo girar la cabeza para enfrentarlo:
“La saqué porque te portaste bastante bien, putita…”

Enseguida me soltó, mientras el colectivo se detenía.
Por suerte, allí bajaron todos los de la barra; cuando yo ya pensaba que uno por uno iban a pasar todos por mi cola.

Suspiré aliviada y no me preocupé por acomodarme la tanga. Sentía el semen de ese hijo de puta escurriéndose por mis muslos.
Me reuní por fin con Juliana, que estaba preocupada por mi suerte; pero la convencí de que todo estaba bien…

Al llegar a casa me desvestí y me apuré para tomar una ducha caliente, que me borrara esas huellas de semen y mi propia calentura por no haber acabado mientras ese tipo me cogía.

Al salir del baño, llevé mis ropas para lavar, ya que estaban muy sucias.
Mientras revisaba los bolsillos de mi chaqueta, encontré un papel arrugado con el número de teléfono de ese tipo. Seguramente lo había deslizado allí mientras me cogía; con la esperanza de que alguna vez yo lo llamara…

Instintivamente, tomé mi celular y comencé a teclear los números

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