Unos albañiles remodelando mi casa

Unos albañiles remodelando mi casa
Era una mañana de verano muy calurosa. Al despertar me estiré en la cama y noté que mi adorado Víctor ya no estaba a mi lado. Miré el reloj despertador y vi que marcaba las ocho.
De repente me sobresalté, al oír algunas voces que venían de la cocina.
Me tranquilicé al notar que una de esas voces era la de mi esposo. Entonces recordé lo que me había dicho la mañana anterior. Ese día vendrían unos albañiles a iniciar una remodelación en la cocina y el baño principal. Seguramente Víctor estaba conversando con esos hombres antes de irse a la oficina.
Cerré los ojos otra vez, totalmente amodorrada por el calor. Estaba casi desnuda en la cama, con tanto calor; apenas usaba una diminuta tanga negra por las noches.
Cuando volví a despertar, el reloj marcaba casi las diez.
Presté atención a lo que sucedía abajo en la cocina, pero solo pude escuchar que los albañiles hablaban en guaraní; por lo que supuse, debían ser paraguayos seguramente…
Esa mañana estaba particularmente ultra caliente. Hacía varios días que Víctor no me cogía; siempre con la excusa de estar estresado y agotado por el trabajo. Yo me las arreglaba bastante bien con mis dedos y algunos juguetes; pero esa mañana sentía que eso solo no iba a alcanzarme.
Necesitaba verga, una buena verga dura con acento guaraní…
Así como estaba tendida boca arriba en la cama, comencé por acariciarme las tetas, poniendo bien duros mis pezones. Luego fui bajando mis manos por mi cintura y mi vientre hasta llegar a mi entrepierna; me lamí un dedo y con el mismo empecé a acariciarme el clítoris; con la otra mano seguí acariciándome las tetas alternadamente.
Me detuve un momento para quitarme la tanga y luego rebusqué en el desorden de mi mesa de luz, hasta encontrar mi juguete favorito: un enorme vibrador de color negro con forma de pene. Muy realista, con las venas marcadas en la silicona y una tremenda cabeza para friccionarme bien las paredes internas de mi humedecida vagina. Lo encendí y me cubrí el cuerpo con la sábana; para tratar de atenuar un poco la vibración. Lo único que me faltaba era ser descubierta por esos albañiles mientras me masturbaba en mi propia cama…
Coloqué el vibrador a la altura de mi clítoris y metí primero dos dedos y luego tres en mi dilatada vagina. Comencé a sacarlos y meterlos haciendo movimientos circulares, mientras mi juguete acariciaba mi inflamado clítoris.
Antes de acabar empecé a meter directamente el vibrador hasta el fondo de mi vagina; imitando movimientos como si me estuvieran cogiendo.
Tuve que morder una almohada para que no se oyeran mis gemidos de placer y seguí un poco más hasta que sentí una tremenda descarga de electricidad por todo el cuerpo; un orgasmo imposible me invadió de repente, haciéndome vibrar por cada poro de mi piel. Me estremecí, se tensaron todos los músculos de mi cuerpo y grité de placer, pero mordí la almohada para que los albañiles no me oyeran allá abajo…
Me quedé descansando boca arriba sobre la cama, con el vibrador en una mano y la otra acariciando suavemente mi labia aún húmeda; estuve sintiendo espasmos un buen rato.
Cerré otra vez mis ojos, totalmente relajada por mi breve sesión de sexo solitario y, con la modorra que me provocaba el calor, volví a quedarme otro rato totalmente desmayada en la cama…
De pronto me desperté, sintiendo ruidos en mi vientre debido al hambre.
Decidí ir hasta la cocina para prepararme algo de desayuno y de paso provocar un poco a los albañiles. Quería ver la reacción de ellos cuando me vieran; seguramente se les pondría bien duro el pito a todos…
Así que me puse otra vez mi tanga negra y una camiseta de algodón bastante liviana y transparente, que dejaba adivinar mis formas por debajo de la tela. Me calcé unas sandalias de taco alto para realzar mis piernas y; antes de abandonar el dormitorio, me acaricié los pezones hasta hacerlos endurecer otra vez…
Me miré al espejo y decidí que bajaría así, mostrando mi culo casi desnudo bajo esa camiseta casi transparente. Los paraguayos se iban a volver locos…
Bajé la escalera caminando sensualmente, arreglándome el cabello y haciendo como que creía estar sola; pero los tres hombres que encontré abajo notaron mi presencia enseguida: mis tacones hacían demasiado ruido…
El que parecía ser el jefe era un hombre que pasaba de los cincuenta, vestido con una camiseta musculosa bastante mugrosa y unos jean desteñidos y también muy mugrientos. Llevaba barba de varios días y traía un cigarrillo entre sus labios. Me saludó mirándome de arriba a abajo; sentí que me desnudaba con la mirada. Mis pezones terminaron de endurecerse aún más y mi concha volvió a humedecerse.
Los otros eran un poco más jóvenes; también vestidos con ropa de trabajo bastante sucia. También me miraron con cierta lujuria en sus ojos.
Los tres habían estado concentrados en el piso, antes de mi llegada…
“Buenos días”, dije sonriendo y tratando de parecer lo más natural posible.
“Buenos días”, contestaron ellos al unísono sin salir de su asombro.
“No quiero interrumpirlos, por favor, sigan trabajando”, les dije mientras me encaminaba meneando las caderas hacia la heladera para buscar algo de desayuno…
Abrí la puerta de la misma y me aseguré de agacharme lo suficiente como para que ellos pudieran ver bien mis largas piernas y mis nalgas casi desnudas. Saqué una jarra de leche y me enderecé, Al girar pude ver que los tres hombres simulaban hacer su trabajo; pero ya no daban golpes en el piso.
Caminé despacio hacia la barra de la cocina, siempre meneando mis caderas y dejé ahí la jarra de leche, mientras le guiñaba un ojo al más joven, Luego me moví hacia la alacena y me paré en puntas de pie, para intentar alcanzar un paquete de cereales en el estante más alto.
Sabía que haciendo ese movimiento, los tres hombres iban a poder contemplar y deleitarse con la visión de mi firme trasero…
Esta vez al girar, los tres ya me miraban con expresión de deseo y lujuria en sus caras. Caminé de nuevo hacia la barra y me serví la leche mezclada con cereal. Tomé una banana de la frutera y le dije al más joven, que intentaba disimular para no girar a mirarme;
“Me gusta mucho la banana… y a vos…?
El pobre chico carraspeó y apenas farfulló, respondiendo que también a él le gustaba…
Dirigiéndome a los otros dos hombres les pregunté lo mismo.
Ellos sonrieron y se miraron entre sí. El mayor me contestó:
“A mí me gusta que me la pelen, pero no pelarla”.
El segundo agregó:
“A mí me gusta ver cómo la chupan” Y ambos rieron estruendosamente.
El chico se animó a preguntar: “Y a Usted señora cómo le gusta?”.
Entonces los miré a los ojos a los tres y les dije con la voz más sensual:
“A mí me gusta mucho pelarla, recorrerla con mi lengua y chuparla…”
Sin dejar de mirarlos empecé a pelar la banana lentamente y después me metí la punta en mi boca; comenzando a lamerla y chuparla como si fuera una verga real… La metí y saqué varias veces de mi boca, luego con la lengua empecé a lamerla por todos lados con los ojos entrecerrados.
Les pregunté: “Qué les parece así?”. Ellos se quedaron mirándome boquiabiertos, como si no pudieran creer lo que veían y pronto pude ver cómo a los tres ya se les abultaba el pantalón en la entrepierna.
De pronto les dije que no quería interrumpirlos; ni tampoco que mi marido los despidiera por no terminar su trabajo a tiempo. Así que les di la espalda y comencé a subir las escaleras…
Sabía que los había dejado a los tres con la verga bien endurecida. Pero yo también me había excitado y podía sentir la humedad en mis labios vaginales…
A propósito dejé la puerta de mi habitación abierta. Y esperé allí, completamente desnuda; sabiendo que alguno de los tres subiría por mí.
Así fue, el que subió fue el hombre mayor, que estaba a cargo del grupo. Me vio de espaldas y se quedó parado allí. Yo lo vi por el reflejo en el espejo.
Cerró la puerta detrás de él y avanzó hacia mí.
Me tomó por la cintura y bajó su boca a mis tetas, comenzando a lamer y a morder mis pezones erectos. Cerré los ojos y comencé a gemir; quería que ese tipo me tuviera…
Sin que su boca dejara mis tetas, sus manos apretaron mis nalgas y sus dedos rozaron mis labios vaginales. Hasta ese momento yo había permanecido pasiva, con las manos sobre mis muslos, dejándolo hacer lo que quisiera; pero de repente me sentí un poco más agresiva. Le bajé el cierre de sus pantalones y saqué a relucir su verga ya bien dura.
Comencé a hacerla la paja con mi mano, sintiendo su líquido pre-seminal manchar mis dedos. Los suyos ya entraban y salían de mi vagina a gran velocidad; provocándome temblores y una tremenda excitación. Quería que ese hombre me cogiera; realmente lo necesitaba…
De pronto, uno de sus dedos bien lubricados se deslizó dentro de mi ano, haciéndome gritar e dolor.
Nos fuimos acercando a la cama, hasta que él cayó sentado en ella; entonces yo lo empujé de los hombros hacia atrás, haciéndolo acostarse boca arriba. Comencé a mamarle la verga, que parecía a punto de explotar. Era bastante gruesa y larga. Me dediqué a darle placer con mi boca.
Los dedos de mi otra mano seguían entrando y saliendo de mi concha; quería tenerla bien lista para cuando ese hombre me cogiera con su gruesa pija.
Finalmente la calentura pudo más que yo y ya no quise aguantar más; me levanté y me monté sobre esa hermosa verga erecta; metiéndomela hasta el fondo.
Los dos gemimos y yo me detuve un instante; ambos nos miramos a los ojos y él me aferró por las caderas, haciendo que yo me balanceara así empalada sobre su verga. Mientras me movía sobre él, sentí otra vez uno de sus dedos deslizándose dentro de mi ano. Me hizo gemir de placer; me gustó…
Unos minutos después de semejante cabalgata, mi cuerpo se estremeció en un tremendo orgasmo que me quitó la respiración. El hombre acabó dentro de mi concha apenas unos segundos después de mí. Caí desmadejada sobre su torso y allí me quedé quieta, recuperando el aire; todavía con su dura verga insertada hasta el fondo en mi agradecida y muy satisfecha concha.
Escuché un ruido y giré la cabeza; para descubrir que teníamos público. De pie en la puerta estaban los otros dos albañiles; que habían presenciado casi todo el espectáculo en la cama…
Les sonreí y me desmonté del jefe. Luego, sin dejar de mirarlos, me tendí boca arriba sobre la cama.
El hombre fornido no esperó más; se acercó a la cama mientras se iba desvistiendo. Se inclinó y ubicó su boca sobre mi vagina abierta. Comenzó a darme una lamida que me volvió totalmente loca.
Después de un buen rato, el hombre tomó mis tobillos, los levantó en el aire y empujó su cuerpo hacia adelante, dándome una penetración muy profunda. Su gruesa pija me llenó la concha por completo.
Comenzó a balancearse sobre mi cuerpo; haciendo un brutal movimiento de mete y saca que me provocó aullidos de placer. Yo continué moviéndome al mismo ritmo, tratando que ese bruto no me partiera en dos. Pero eso me provocaba un placer muy intenso.
El tipo también comenzó a deslizar un dedo dentro de mi estrecho ano, agregando más placer.
Cuando quise acordarme; ese hombre estaba acabando dentro de mi cuerpo. Sentí que una oleada cálida inundaba mi vagina y su semen por fin se descargó por completo.
Todavía faltaba sentir al más joven de los tres. Su verga además era la más grande de todas…
Decidí que aceptaría semejante pija en posición de perrita. Me puse en cuatro sobre la cama y el chico se ubicó entre mis pantorrillas. Me tomó por las caderas y me atrajo hacia su cuerpo.
Pero de repente, sentí que la punta de su verga trataba de entrar en mi estrecha entrada trasera,
Quise protestar e intenté debatirme; pero el fornido brazo del chico me empujó por la cintura y ya no pude moverme más. Comencé a sentir que su gruesa pija se abría paso despacio a través de mi apretado ano; sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Me susurró al oído que a él le gustaba darles por el culo a las mujeres y que el mío le había provocado rompérmelo desde el primer momento en que lo había visto…
Sonreí para mis adentros y me relajé tratando de disfrutar sus tremendas embestidas anales. Sus dedos exploraron mi vagina y en pocos minutos me hizo acabar de manera muy satisfactoria.
Siguió bombeando mi cola hasta que repentinamente se tensó; aferró mis caderas y derramó todo un caudal de semen hirviente dentro de mi castigado ano. Yo caí extenuada hacia adelante…
Me quedé allí tendida boca abajo, recuperando el aire, mientras los tres hombres regresaron a sus tareas. En ese momento sonó el teléfono de línea. Era mi esposo; preguntando si todo estaba bien en casa.
Sin dejar de acariciarme la concha, le dije a Víctor que los albañiles estaban haciendo un muy buen trabajo; para que se quedara tranquilo. Apenas colgué, mis dedos me regalaron otro intenso orgasmo.
Un rato después me levanté y fui al baño a darme una ducha tibia y relajante. Me vestí porque quería salir de compras para ver si conseguía algo de lencería erótica para estrenar esa misma noche con Víctor.
Pero apenas llegué a la esquina, lo pensé mejor y decidí pegar la vuelta.
La lencería podía esperar un poco más…

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